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Más allá de mis narices y más acá de la frontera

Muchos de los migrantes, a pesar del cansancio, tienen toda la actitud y disposición de salir adelante de forma honesta y merecen un trato justo y humano por su labor.


Eros & Psique


Xiomara Andrea Hernández Bernal*


Para todos es bien conocida la crisis migratoria que se vive en Colombia a causa de lo que ocurre en Venezuela, lo que nos lleva a ver por doquier venezolanos rebuscando de la mejor manera posible, unos cuantos pesos para poder seguir el día y mantener a sus familias.

Desde las comodidades de nuestra casa, criticamos su condición de migrantes porque creemos que invaden "nuestra ciudad", ya sea con sus puestos ambulantes, sus carros de reciclaje, sus familias durmiendo bajo un puente y ofreciendo mano de obra barata. Estoy casi segura que más de uno ha de estar diciendo que sí, que "ellos" (léase en tono despectivo y con dedo acusador) están quitándonos la paz y por su culpa Bogotá es tan insegura, cosa que no es tan cierta, porque -dejémonos de bobadas- Bogotá nunca ha sido una ciudad segura.


Lo anterior, busca dar contexto de algo que quiero compartirles sobre la realidad que viven los migrantes antes de llegar a "incomodar" a nuestra amada Bogotá. Hace unos meses, la Organización no Gubernamental Save The Children Colombia lanzó un concurso para profesionales de la salud que quisieran vivir la experiencia humanitaria como voluntarios en la unidad de salud sexual en el municipio de Maicao del departamento de La Guajira. Al enterarme, reuní los requisitos para participar y logré ser una de las ganadoras, junto a mis compañeros de aventura Lorena Venté (médico) y Santiago Pérez (psicólogo).


Juntos vimos por una semana la cruda realidad que no observamos en el día a día desde la comodidad de nuestras casas. Fuimos testigos de la cantidad de migrantes que hay diariamente en La Guajira, fuimos testigos de la inclemencia del sol y del gobierno. Entendimos que los migrantes no solo son venezolanos sino que también hay colombianos retornados, personas que teniendo todo pasaron a no tener nada, a ser miembros de ninguna tierra, a desprenderse de su raíz, incluso sabiendo que no tienen un rumbo fijo; personas que luego de cruzar la raya (frontera), en el mejor de los casos logran uno de los 600 cupos en el albergue que varias ong han creado en Maicao, donde pueden tener un techo digno, alimentación, agua potable y asistencia básica en salud por máximo 45 días, para luego salir a aventurar y seguir su camino hacia un destino desconocido, ya sea en busca de algún familiar, amigo o referido.


Véanlo con los ojos de la compasión y si tienen la posibilidad de ayudar, háganlo, den trabajo, paguen un salario justo, ayuden a activar redes de apoyo.


Cuando no hay a quien acudir, se rebuscan un pequeño espacio para poder alojarse en los asentamientos como el de Torres de la Majayura, un lugar en que miles de familias viven en “casas" de aproximadamente 3 x 3 metros compuestas por unos cuantos palos, bolsas, cartones, polisombras y si hay plata y suerte, logran ponerle tejas de zinc; hogares sin acceso a agua potable, con letrinas comunitarias, sin acueducto, donde viven la inclemencia del tiempo, que en épocas de lluvia acaba con lo poco o mucho que puedan tener; hogares habitados por hombres sin trabajo, desesperanzados, aburridos, desterrados; acompañados de mujeres que intentan que sus hijos coman al menos una vez al día, aun cuando ello signifique soportar el ser víctimas de violencia basada en género; familias donde no es extraño ver niñas de 15 años esperando a su segundo hijo, niñas que han sido víctimas de abuso sexual y cuyo futuro no incluye oportunidades de educación; niños que distraen el hambre jugando con un "balón" hecho con una media rota rellena de bolsas de basura.

Incluso, muchas veces no hay "casa", no hay familia, no hay un hogar, solo hay indigencia. Por eso no es de extrañar ver niños que recorren las calles buscando algo para sobrevivir, niños que se acercan a la carpa de Save The Children donde hay un espacio de protección, buscando ser niños por una hora, mientras juegan o colorean, y si hay suerte, logran un refrigerio de jugo, fruta y galletas, su única comida quizás por días.


Luego de estar un tiempo por esas paradisíacas tierras guajiras, estas personas se aventuran a moverse a otra ciudad, muchas veces en el único medio de transporte con el que cuentan: sus pies, aún a sabiendas que en el camino hay una alta probabilidad de ser víctimas de todo tipo de violencia e incluso riesgo de muerte por deshidratación o congelamiento. A pesar de tan desolador panorama, emprenden un camino de más de mil kilómetros en busca de algo un poco mejor en nuestra amada capital, que muchas veces no es el destino final.


Me atrevo a pensar que al llegar no encuentran algo mejor, sino menos peor en términos locativos y más duro en términos de actitud. Llegan a una sociedad amante del juicio, carente de compasión; una sociedad que no ve humanos sino "venezolanos", señalándolos a viva voz como si de una plaga se tratara.


Asumo que muchos estarán pensando que estoy a favor de dar limosna o de violentar a los niños con la indigencia, cosa que es totalmente errónea. Con esto, solo quiero mostrarles que muchos de los migrantes, a pesar del cansancio, tienen toda la actitud y disposición de salir adelante de forma honesta y merecen un trato justo y humano por su labor.


Así que no quiero entrar en el debate de sí son buenos o malos, sino que los invito a que cada vez que se crucen con un migrante bajen el dedo acusador, reconozcan que es un ser humano, que ha vivido cosas muy duras para llegar aquí. Véanlo con los ojos de la compasión y si tienen la posibilidad de ayudar, háganlo, den trabajo, paguen un salario justo, ayuden a activar redes de apoyo. En lo posible, eviten prolongar la mendicidad dando dinero a las personas; preferiblemente apoyen las fundaciones y ong como Save The Children, que hacen su labor lo mejor que pueden, a pesar de los pocos recursos.


Si por algún motivo no pueden ayudar, por lo menos no juzguen, no señalen, no tilden a los migrantes; con eso están reduciendo un poco el malestar, ese del que ya traen más que suficiente. Es mejor una respuesta neutral que una de rechazo. Si no puede ayudar, no lastime.


Quisiera contarles un montón de cosas que ví, que viví en apenas una semana, necesitaría todo el espacio del periódico para lograrlo. Así que no me queda más que dar gracias infinitas a Elisabeth, Gustavo, Jacdec, Laura, Cindy, Héctor, Guiselli, Luz, María (mi profe de Wayuunaiki), Yanelis, Kelly y todos los profesionales de la Unidad de Salud Sexual, por hacer de esta una experiencia inolvidable y, sobretodo, gracias por esa valiosa labor que hacen día a día desde la compasión para ayudar a otros, creando espacios amigables y seguros, por hacer donaciones con los kits de dignidad, los de recién nacido, los fulares y los de higiene menstrual; por atender y educar con calidad en salud sexual y reproductiva, por ser ángeles en el camino de personas llenas de necesidad. Por último y no menos importante, gracias a los líderes de los asentamientos por recibirnos y a las personas que durante estos días nos permitieron conocer sus historias de vida y potenciaron en nosotros la acción.



*Xiomara Andrea Hernández Bernal Psicóloga – Magister en Psicología Clínica

@SoyXiomaraHernandez xandypsico@yahoo.com

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