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Un silencio que no calla

Por Daniel Chaparro Díaz

Asesor de Dirección de la FLIP


A las 2:15 a.m. del domingo 28 de agosto, los periodistas Dilia Contreras y Leiner Montero regresaban del corregimiento de Santa Rosa de Lima a Fundación, Magdalena. En la carretera los adelantó una moto, el patrullero descargó el revólver, siete disparos entraron al carro. La muerte de Leiner y Dilia fue inmediata; Joaquín, un tercer pasajero, sobrevivió.


En la noticia del doble homicidio se mencionaba el hecho y se publicaban apuntes sobre la trayectoria de vida tanto de Leiner como de Dilia. La vocación periodística de Leiner compartía espacio con otras actividades que realizaba como gestor cultural y deportivo, mientras que sobre Dilia se decía que también era cantante.


Los dos llegaron jóvenes al periodismo. Leiner hizo parte de un proyecto periodístico escolar: “semillero contacto ciudadano” que fue la base para varias personas en Fundación que decidieron ejercer el periodismo. Dilia inició su carrera periodística en la emisora comunitaria “Impacto Stereo”, como muchos de la veintena de periodistas con los que ahora cuenta el municipio y con quienes pudimos hablar dos días después del asesinato.


El asesinato de un periodista tiene un impacto social que es difícil de dimensionar, afecta a las audiencias y a los medios de comunicación, pero sobre todo a los periodistas de la zona. La zozobra de la violencia viene acompañada de un silencio que se utiliza como mecanismo de protección. En Colombia ese silencio ha sido una herencia a la que las personas acuden para seguir viviendo. La gente sabe mucho más de lo que dice, las fuentes callan y los periodistas toman decisiones para conservar su vida e integridad.


La agenda informativa en Fundación ya estaba alterada antes del doble homicidio de los periodistas. Los hechos de corrupción, las disputas entre grupos armados y el microtráfico son temas poco tratados o excluidos de los medios. “No manejamos información de crónica roja, para evitar problemas” dijo un periodista en una especie de voz coral en la que se podía encontrar a otros periodistas.


A la ausencia de información local en varios municipios del Magdalena como Sitio Nuevo, San Ángel, Algarrobo, Pedraza, Chivolo, Zapayán, Salamina, y a las censuras impuestas, se debe agregar un confinamiento por el que se inclinan algunos periodistas locales, quienes ante los riesgos que supone desplazarse a otros municipios o corregimientos, prefieren informar a la distancia y sobre hechos que advierten poco complejos.


El acontecer noticioso del departamento del Magdalena, que reclama reportería y voces múltiples que sitúen las problemáticas en los centros del debate, se queda con un periodismo adolorido que debe resistirse a callar en medio del silencio.


La conmoción vivida en Fundación que pudimos apreciar dos días después del asesinato de los periodistas, permite recordar, en un contexto diferente y en tiempo relativamente lejano, a la marcha del silencio del 19 de diciembre de 1986, dos días después del asesinato de Guillermo Cano, director del diario El Espectador. Allí hubo una consigna: un silencio que no calla, que en el caso de Fundación y el Magdalena, más que una consigna se convierte en una necesidad. Una peligrosa necesidad.

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