“LO MÁS BONITO ES EL SERVICIO”: ALEJO SOÑABA CON MANEJAR UN CAMIÓN DE BASURA Y HOY AYUDA A LIMPIAR BOGOTÁ.
- sectorhperiodico
- hace 3 horas
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Alejandro Celis maneja un camión compactador hace once años. Pero la historia empezó mucho antes, cuando era niño que pasaba vacaciones en Suba, en la casa de una tía.
Desde la ventana veía pasar el camión y le repetía a su mamá: “cuando grande voy a manejar ese camión”.
A las 3:30 de la mañana Bogotá no suena igual. Las calles están vacías, los semáforos parecen pestañear y el frío se pega a las manos.
Mientras buena parte de la ciudad sigue dormida, Alejandro Celis ya está despierto. Se toma un café rápido, se alista en silencio y sale rumbo a la base de operaciones de Ciudad Limpia, uno de los operadores de aseo de Bogotá.
Alejo, como le dicen todos, tiene 42 años y maneja un camión compactador desde hace once. Pero la historia empezó mucho antes, cuando era apenas un niño que pasaba vacaciones en Suba, en la casa de una tía. Desde la ventana veía pasar el camión de basura y le repetía a su mamá, con la certeza infantil de quien todavía no conoce el tamaño de los sueños: “cuando grande voy a manejar ese camión”.
Hoy lo hace todos los días.
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En la base todos lo saludan. Alejo responde siempre con una sonrisa tranquila, de esas personas que parecen llevar años acostumbradas a trabajar con otros y para otros. Se pone el uniforme, participa en la inspección preocupacional y luego empieza la revisión del vehículo. La famosa “revisión 360”: luces, llantas, frenos, sistema hidráulico. Todo debe estar en orden antes de salir.
Cuando nos subimos al camión, lo primero que hace es pedirnos amablemente que nos pongamos el cinturón. Se nota un poco tímido al principio, pero la reserva le dura poco. Apenas empieza a hablar de sus hijas, cambia el tono de voz. Sonríe distinto. Cuenta orgulloso que a ellas les fascina su trabajo, que les gusta verlo manejar ese camión enorme por la ciudad.
Y cuando habla del oficio, los ojos literalmente se le iluminan.
“Lo más bonito es el servicio”, dice mientras gira el volante en una calle estrecha del occidente de Bogotá. “Cuando ya terminamos la ruta y uno pasa por el barrio y ve todo limpio… eso da satisfacción”.
Desde arriba, la ciudad se ve diferente. Más vulnerable. Más caótica también.
Alejo conoce calles imposibles, esquinas donde apenas cabe el vehículo y cuadras donde avanzar se vuelve una prueba de paciencia. Muchas veces tiene que bajarse él mismo del camión para pedir que muevan carros mal parqueados. Otras veces llegan a recoger residuos y encuentran únicamente bolsas rotas sobre el piso porque fueron sacadas fuera del horario establecido.
“La gente no conoce que este trabajo es muy complejo”, dice.
Cuenta que algunas personas lanzan las bolsas desde pisos altos para “ahorrarse la bajada”. Las bolsas explotan contra el pavimento. A veces incluso golpean a los operarios. Ellos igual deben recoger todo: restos de comida, vidrios rotos, líquidos derramados, animales callejeros alrededor.
Una ciudad que está limpia, rara vez muestra el esfuerzo que hay detrás.
Pero entre las dificultades también aparecen pequeñas recompensas. Una bebida que alguien les ofrece desde una tienda. Un “gracias”. Un saludo madrugador. Una sonrisa inesperada en medio del tráfico.
“Un cafecito le calienta a uno la mañana”, dice Alejo.
En la cabina también hay espacio para la risa. Con sus compañeros hablan de la vida, escuchan música, “molestan”, cuentan historias. Dice que recorriendo Bogotá de madrugada ha visto de todo. “Ustedes no se imaginan todo lo que uno alcanza a ver trabajando aquí”, dice.
Trabajan bajo el sol y bajo la lluvia. Y aunque un día soleado “es chévere”, cuando llueve todo cambia: el tráfico empeora, las rutas se retrasan y el regreso a casa se hace más largo.
Alejo cuenta de los olores, asegura, ya son “tema superado”. Hace años dejaron de incomodarlo. Aun así, usa siempre sus elementos de protección personal.
Al final de la jornada, cuando el camión entra y sale del relleno sanitario y las calles quedan despejadas, queda la sensación de haber sostenido silenciosamente una parte de la ciudad que casi nadie mira. Porque Bogotá despierta limpia todos los días, pero pocas veces se pregunta quién hizo posible que amaneciera así.
Alejo no pide aplausos. Pide empatía.
Que la gente saque los residuos en los horarios correctos. Que no lancen bolsas desde las ventanas. Que entiendan que detrás del uniforme hay personas que también llegan cansadas a casa, que tienen hijos, sueños y madrugadas eternas.
Mientras nos despedimos, vuelve a subirse al camión con la naturalidad de quien encontró hace tiempo su lugar para servir como le gusta.
Y entonces queda claro que algunos sueños de infancia no desaparecen. Solo cambian de tamaño, se llenan de kilómetros, de madrugadas frías y de calles limpias de Bogotá.
Sector H:
Comunidad en Acción.








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