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  • Foto del escritorÁlvaro Toquica

¡Te amo porque existes!

“Te amo, le canta el mozuelo a la mujer de sus desvelos; suponiendo, fantaseando que es allí entre sus brazos que su ser ansioso desea descansar para siempre”.

Rota la magia del párrafo anterior y llevado el asunto del amor y las demás emociones al campo del racionalismo y el determinismo, entendemos hoy que estas son el resultado de complejas interacciones entre la cognición, lo social, lo ambiental y lo biológico, aspecto que se manifiesta mediante interacciones en el sistema nervioso, especialmente en el sistema límbico, donde estructuras como el hipotálamo, el hipocampo, el área subcallosa, la corteza olfativa y la amígdala, desempeñan un papel crucial en la regulación de las emociones; o en el sistema endocrino, donde hormonas como el cortisol (hormona del estrés) y la oxitocina (hormona del amor) juegan un papel determinante en la experiencia emocional y en la respuesta del cuerpo al estrés y a las interacciones sociales.


Por su lado, los genetistas aportan evidencia sobre la predisposición genética y su influencia en la forma en que experimentamos y expresamos las emociones. Y qué decir de los neurotransmisores, sustancias químicas como la serotonina, la dopamina y la noradrenalina que regulan las emociones y cuyo desequilibrio puede conducir a trastornos emocionales diversos.


Tienen una explicación biológica, incluso las “mariposas en el estómago”, que aparecen cuando experimentamos emociones intensas, como el amor, la ansiedad o la excitación. Estas emociones activan el sistema nervioso entérico presente en el tracto gastrointestinal, generando una serie de reacciones fisiológicas en el estómago y desencadenando la liberación de neurotransmisores que provocan respuestas fisiológicas, como cambios en la frecuencia cardíaca, la respiración, la tensión muscular y la actividad del sistema nervioso autónomo.


Para algunos resultarán suficientes estos argumentos duros a la hora de explicar el amor, pero a mi juicio resulta necesario que las emociones trasciendan los estrechos límites del racionalismo y el determinismo, superando lo cognitivo, lo social, lo ambiental y lo biológico y que su completa comprensión requiera considerar otros niveles de análisis, quizá el de la “espiritualidad”, ámbito en el que podemos comprender el amor como la más hermosa manifestación del ser y auscultar sin temor sabias frases en los textos sagrados, como: “Los creyentes se muestran compasivos entre sí. Si uno de ellos siente dolor, los otros lo consuelan” (Corán); “Trata a los demás con amabilidad, bondad y respeto, pues todos somos hermanos en este mundo” (Los Vedas) o aquellas en la Biblia Católica con las que suelo deleitarme, como “amarás a tu prójimo como a ti mismo”, frase plena de exquisitez y presente en varios evangelios del Nuevo Testamento, como el de Mateo, Marcos y Lucas, con la que Jesús responde a la pregunta de “¿cuál es el mandamiento más grande de la ley de Dios?”.


Y cómo no citar la preciosa encíclica papal “Fratelli tutti”, uno de mis textos predilectos, donde el Papa Francisco aborda la fraternidad y la solidaridad, expresando que “el amor, lleno de pequeños gestos de cuidado mutuo, es también civil y político, manifestándose en todas las acciones que buscan construir un mundo mejor" y que "el amor genera vínculos y crea lazos de pertenencia y de unidad, creando un “nosotros” que es más fuerte que cualquier división".


Emocionado entonces permanezco en la maravillosa, aunque casi imposible tarea de comprender y vivenciar plenamente el amor sin límites, ese algo supremo que no puede ser esquematizado ni racionalizado; mejor, quizá, presumido como un campo relacional adimensional e inefable que todo lo contiene, que todo lo contempla; un hábitat natural para la alteridad y la empatía, donde se valida sin esfuerzo al otro y a lo otro como un igual en la existencia; como si fuese uno mismo.



Entendidas y aceptadas mis imperfecciones, sabrás que ¡te amo porque existes!

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