“El bosque de los diecisiete”: La belleza de ser diferentes.
- José Cerero
- hace 5 horas
- 3 min de lectura
Pensaba en nosotros, en los días que veníamos atravesando, en las conversaciones donde cada quien parecía defender su propia verdad, como si solo pudiera existir una; en la dificultad para escuchar antes de responder; en la necesidad de convencer antes que comprender.

José Cerero
Escritor y buscador de historias
La llovizna había llegado. Caía con la delicadeza de quien conoce el camino, deslizándose entre las ramas de los árboles y dejando pequeñas gotas suspendidas en cada hoja. El bosque parecía respirar más despacio. El aire olía a tierra húmeda y a vida. Solo el canto lejano de un ave y el murmullo del viento interrumpían aquel silencio que abrazaba.
Bajo mis pies, las hojas secas habían tejido un tapete que parecía llevar allí toda la vida. Cada paso despertaba un suave crujido que disfrutaba como un niño y que, sin darme cuenta, hacía más lento mi caminar. Era como si el bosque me pidiera avanzar despacio. La humedad intensificaba los tonos ocres, dorados y cobrizos de las hojas. Ninguna ocupaba el lugar de otra. Todas parecían haber encontrado su sitio y juntas componían un tapete tan sencillo como majestuoso.
Serían las 6:07 de la mañana y el frío era intenso. Yo pasaba por allí de vez en cuando, en mis matutinas caminatas, por ese sencillo pero mágico lugar que me había sido invisible. Y ahora lo llamo el Bosque de los Diecisiete.
Su nombre nació de una sencilla observación. Son diecisiete árboles los que, sin haberse puesto de acuerdo -o eso creo-, decidieron crecer formando una especie de círculo imperfecto. Ninguno ocupa el centro y ninguno parece querer sobresalir; simplemente, están allí, acompañándose.
Y cada uno es distinto. Los hay altos y esbeltos; otros robustos y de troncos anchos; algunos levantan sus ramas como si quisieran tocar el cielo; otros las extienden hacia los lados, ofreciendo sombra. Sus cortezas cuentan historias diferentes y sus hojas tienen formas distintas; incluso, el color de sus troncos cambia de uno a otro. Y, sin embargo, juntos han creado un lugar donde la paz parece tener domicilio.
Fue entonces cuando una pregunta comenzó a abrirse paso dentro de mí: ¿Cómo era posible que tanta diversidad y hasta tanta desigualdad reunida en un mismo lugar, lograra crear semejante belleza? Mientras los observaba, hubo uno que llamó especialmente mi atención. No era el más hermoso ni el más recto. Tal vez ni siquiera el más alto. Pero había algo en él que inspiraba serenidad. Parecía haber visto pasar muchas estaciones y conservar, aun así, la humildad de quien sigue aprendiendo.
Me acerqué despacio... Apoyé una mano sobre su corteza húmeda y rugosa y, como quien conversa con un viejo amigo, le hice una pregunta en voz muy baja o tal vez en silencio.
-Dime... ¿cómo lo han logrado?
El árbol guardó silencio. Como hacen los buenos maestros. Entonces continué.- ¿Cómo pueden ser tan diferentes y, al mismo tiempo, construir un lugar tan armonioso?, ¿cómo consiguen convivir sin intentar parecerse unos a otros?, ¿cómo permiten que cada uno crezca según su propia naturaleza sin impedir el crecimiento del vecino?, ¿cómo hacen para compartir este mismo suelo, esta misma lluvia y este mismo cielo, sin competir por ocupar el lugar del otro?...
Mientras pronunciaba aquellas preguntas, comprendí que, en realidad, no estaba hablando de árboles. Pensaba en nosotros, en los días que veníamos atravesando, en las conversaciones donde cada quien parecía defender su propia verdad como si solo pudiera existir una; en la dificultad para escuchar antes de responder; en la necesidad de convencer antes que comprender.
Quizá por eso había llegado hasta este bosque. No buscaba respuestas para entender a los árboles; buscaba respuestas para entendernos a nosotros. Y fue entonces cuando el viejo árbol, moviendo apenas sus ramas bajo la llovizna, pareció disponerse a responder...
historiasquecaminanoficial@gmail.com





Comentarios