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Un gesto para mí

  • Foto del escritor: Rocío Portilla Gamboa
    Rocío Portilla Gamboa
  • hace 6 horas
  • 2 min de lectura
Cuando el silencio personal se vuelve necesario.
Portada en tonos beige con vela, taza humeante, cuaderno y manta; texto: Un gesto para mí, ambiente cálido y sereno.

Rocío Portilla Gamboa

Líder comunitaria de La Felicidad


Detenerse también es un derecho. En medio de la rutina que nos llama, nos exige y nos convoca para otros, existe un territorio íntimo y silencioso que reclama tiempo propio. No es egoísmo: es una forma de cuidado.


Cerrar la puerta por unos minutos, preparar un café, escribir una línea que nadie leerá, volver a una misma, son gestos mínimos que, sin hacer ruido, sostienen el alma. Quien se concede un instante para sí, aprende a habitarse con más verdad. En esos pequeños rituales, casi invisibles, el silencio deja de ser ausencia y se convierte en refugio.


En ese acto sencillo -respirar hondo, apartarse un momento del ruido cotidiano- se afirma algo esencial: atender nuestras propias necesidades también es una manera de sostener el mundo que habitamos. Cuando regresamos de ese espacio íntimo, volvemos más enteros, más conscientes, más presentes.


Hablar del tiempo propio todavía incomoda, porque culturalmente hemos aprendido a asociar el valor personal con la productividad y la disponibilidad constante para los demás. En especial, en las mujeres -históricamente vinculadas al cuidado-, el descanso suele justificarse, pero rara vez asumirse como un derecho legítimo.


¿Quién autoriza a cerrar la puerta?, ¿quién concede el permiso para no responder de inmediato? A veces esperamos que alguien nos otorgue un derecho que ya nos pertenece. Tomar una pausa no es un acto de egoísmo, sino de equilibrio. El cuidado que ofrecemos a otros también necesita volver hacia nosotros. Solo así deja de ser sacrificio y se convierte en una forma consciente de habitar la vida.


Antes de ser madres, hijas, profesionales o cuidadoras, somos presencia viva que necesita pausa, silencio y recogimiento.

Tal vez, la verdadera revolución cotidiana no esté en hacer más, sino en concedernos el permiso de hacer menos, aunque sea por un instante. Un gesto para mí no rompe los vínculos: los humaniza. Nos recuerda que, antes de ser madres, hijas, profesionales o cuidadoras, somos presencia viva que necesita pausa, silencio y recogimiento.


Cuidarme no me aparta del mundo: me devuelve a él con el alma en equilibrio.


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