La única labor que no aparece en la nómina
- Sandra Castiblanco Lozano
- hace 1 día
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Día Internacional del Trabajo Doméstico y de Cuidados No Remunerados
Y ese trabajo, aunque invisible, es el que permite que el resto podamos salir a trabajar, estudiar, viajar o descansar.

Sandra Castiblanco Lozano
Licencianda en Educación Comunitaria con Énfasis en Derechos Humanos
El cuidado, ese mismo que desde la infancia nos protege, nos alimenta, nos cura y atiende nuestras necesidades básicas, es el que ha sostenido familias enteras en el mundo, generación tras generación. Es femenino, es silencioso y, sobre todo, es gratis, aunque nunca debió serlo.
El 22 de julio, fecha en que conmemoramos el Día Internacional del Trabajo Doméstico y de Cuidados No Remunerados, es una jornada clave para exigir y dialogar frente a las políticas públicas, para que así, se reconozcan estas tareas, como un pilar fundamental de la economía.
La conmemoración fue establecida en 1983, durante el Segundo Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, para visibilizar el valor económico de las labores del hogar y de cuidado que recaen principalmente en las mujeres.
¿Cuántas semanas laborales merecen los años de cuidado de una familia?
Las cifras no mienten. Según el más reciente informe del Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE), el 89% de las mujeres en Colombia participan en actividades de trabajo doméstico y de cuidados no remunerados, dedicando a ello, en promedio, 7 horas con 14 minutos al día. Eso es más de 50 horas a la semana. Una jornada laboral completa, sin contrato, sin vacaciones, sin prima, sin pensión y sin posibilidad de renuncia.
Y aquí viene el dato que debería detener a cualquiera: este trabajo invisible representa el 20% del Producto Interno Bruto (PIB) del país. Para compararlo: el comercio, uno de los sectores más fuertes de la economía, aporta el 17.5 %.
El cuidado no solo sostiene los hogares, sostiene la economía entera. Y, a cambio, ¿qué reciben las mujeres? “Cansancio, pobreza, y la obligación de asumirlo”. Justamente, por el desconocimiento de estas tareas es que se cree que el cuidado no debería ser remunerado. Como si fuera solo nuestra responsabilidad y no una responsabilidad colectiva.
La lista es larga, agotadora y muy real: limpiar, barrer, trapear, cuidar animales, cocinar, servir alimentos, lavar platos, llevar comida a quienes estudian o trabajan fuera, lavar, planchar, reparar ropa, comprar alimentos y productos del hogar, pagar facturas, cuidar niños y niñas (bañarlos, vestirlos, alimentarlos, ayudarlos con las tareas, jugar con ellos y leerles cuentos), cuidar personas enfermas, personas mayores o con discapacidad (suministrarles medicamentos, hacerles terapias, pedirles citas médicas y llevarlas a cada control), cuidar personas de otros hogares, organizar eventos, participar en liderazgo y en grupos religiosos o políticos...

En promedio, las mujeres colombianas dedican más del doble del tiempo que los hombres al trabajo doméstico y de cuidado no remunerado. Y esto ocurre en todas las regiones del país. No es un asunto de clase ni de ciudad, sino de género. Por eso, las mujeres enfrentan tasas más altas de pobreza, ingresos insuficientes, falta de empleo digno y oportunidades de formación profesional. Y ese trabajo, aunque invisible, es el que permite que el resto podamos salir a trabajar, estudiar, viajar o descansar.
Si el cuidado es tan importante como para sostener el 20 % del PIB, ¿por qué no aparece en las nóminas ni en las pensiones? Asumir las labores del cuidado de manera equitativa no debería considerarse un favor; es la corresponsabilidad de la familia, del hogar y de la sociedad.
Y algo muy importante: “ayudar” en casa no existe. Tú vives ahí, tú ensucias, tú comes, no estás ayudando, estás habitando; así que comprométete con tu parte y conviértete en una persona funcional, porque el cuidado no es amor, solo cuando lo da una mujer; el cuidado es justicia social, cuando todos lo asumen.
(*) Especialista en Periodismo de Paz, locutora y productora radial





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