¡Colombia tiembla por dentro y por fuera!
- Sandra Castiblanco Lozano
- hace 2 días
- 2 min de lectura
Entre el terremoto, los incendios y el odio que no cesa.

Sandra Castiblanco Lozano
Licencianda en Educación Comunitaria con Énfasis en Derechos Humanos
Las noticias y las redes sociales siguen mostrando un panorama desolador: ayudas que no llegaron, organismos de socorro quedaron sin autorización para ingresar en el momento cero de la tragedia, entidades que quisieron levantar los escombros y detener la búsqueda de quienes quedaron atrapados. En fin, realidades absurdas que nadie quisiera vivir.
Mientras, los departamentos afectados aún retumban en medio de los escombros. 344 municipios del país siguieron en alerta roja gracias a que el fuego no da tregua. Más de 32 incendios activos, más de 800 familias campesinas damnificadas y más de 10.000 hectáreas consumidas. Hace días, un campesino de la vereda Balsa Frutero, en Ortega (Tolima), tomó la lamentable decisión de quitarse la vida, luego de perder su patrimonio construido durante décadas. Ya no podía responder por las deudas de la cosecha perdida y la desesperanza lo venció. Pero su historia no es un caso aislado: es el rostro de un país que arde mientras otros miran hacia otro lado.
El alimento importa y las ayudas son fundamentales, pero, ¿qué pasó con la misericordia por la otredad?, ¿acaso el país se sumió en una lógica de ayudas selectivas, donde se asistió a quien se considera "del lado correcto" y se bloqueó a quien piensa diferente?
No se puede avanzar en un país fracturado. Más allá de las grietas que dejó el desastre, lo que verdaderamente está fracturado es el corazón y la razón de muchas personas que no sueltan su bandera de odio, que incendian con sus palabras la armonía en la que deberíamos habitar. Un país que, si bien no es el paraíso, solo le faltaría la paz para serlo.
La intención de este artículo no es solo describir tragedias, sino hacer un llamado urgente: así como nos volcamos a atender el terremoto, deberíamos volcarnos a ayudar a las familias campesinas afectadas por los incendios y por cada tragedia que se presente. No permitamos que esta crisis nos cueste la soberanía de nuestro país. Porque la verdadera crisis no es solo climática o geológica: es la crisis de un país que ha aprendido a solidarizarse con lo que le duele, pero que olvida que el dolor ajeno no se apaga con la donación de un alimento.
No se trata de elegir entre una tragedia y otra. Se trata de entender que la solidaridad no es un acto de caridad selectiva, sino un deber ético con la vida. Si algo nos enseñó el terremoto es que el país sí sabe ayudar cuando quiere, sabe curarse las heridas para brindar cobijo y sabe que abrazar es el mejor antídoto para combatir el odio. Ahora falta que quiera hacerlo siempre, sin distingo de banderas, sin filtros innecesarios, sin esperar a que el suelo se parta en dos para recordar que somos colombianos.
(*) Especialista en Periodismo de Paz locutora y productora radial.sandracastiblanco.l@gmail.com





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