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El valor oculto de hacer por otros

  • Foto del escritor: Rocío Portilla Gamboa
    Rocío Portilla Gamboa
  • hace 10 horas
  • 2 Min. de lectura
En esos gestos cotidianos y silenciosos -cocinar, limpiar, ordenar, acompañar, servir, atender, sostener- descansan los actos que mantienen en pie el hogar y, con él, la vida diaria.

Rocío Portilla Gamboa

Líder comunitaria de La Felicidad


Postal en estilo vintage con diferentes imágenes de cocinar ordenar servir atender formas y lenciosas de sostener la vida

Servir, cuidar o hacer oficio por otros, ha sido, durante siglos, una tarea silenciosa y casi siempre femenina. Una labor asumida como deber natural, más que como elección consciente, invisibilizada por la historia y rara vez reconocida como trabajo esencial. Son manos que atienden, ordenan, preparan y anticipan necesidades, incluso antes de que se pronuncien.


En esos gestos cotidianos -cocinar, limpiar, acompañar, sostener-, descansan los actos que mantienen en pie el hogar y, con él, la vida diaria. El cuidado no solo organiza la casa; también organiza el mundo. Tal vez, ha llegado el momento de mirarlo, no como una obligación heredada, sino como una práctica profundamente humana, que cuando se comparte y se dignifica, se transforma en vínculo.


La dignidad del servicio habita precisamente en aquello que nadie aplaude: en los gestos repetidos que sostienen lo esencial. Allí donde el cuidado se convierte en vínculo, el oficio deja de ser simple tarea y adquiere sentido humano. Pero junto a esta valoración, emerge una pregunta incómoda: ¿quién sostiene la vida en casa?, ¿sobre quién recae esa carga invisible que mantiene todo en pie? Nombrarla es el primer paso para reconocer que servir no debería ser el peso silencioso de unos pocos, sino una responsabilidad compartida y consciente.


Aquí se abre una conversación necesaria: ¿el servicio es siempre una expresión de amor o, a veces, una imposición naturalizada? Durante mucho tiempo, el cuidado fue presentado como virtud, como destino inevitable, más que como elección. Y cuando algo se convierte en obligación silenciosa, pierde su dignidad y se transforma en carga. Reconocer esta tensión no busca restarle valor al acto de servir, sino devolverle su dimensión ética. El cuidado dignifica cuando es libre, cuando se comparte, cuando no descansa exclusivamente sobre los hombros de quien nunca fue consultada. Quizás, el verdadero desafío no sea dejar de servir, sino aprender a hacerlo en equidad.


Tal vez, servir no sea un gesto menor ni una tarea secundaria, sino una forma profunda de sostener la vida en común. Cuando el cuidado se reconoce, se distribuye y se valora, dejando de ser carga invisible para convertirse en un acto consciente de humanidad. Nadie debería llevar solo el peso del hogar, pero todos podemos aprender el lenguaje silencioso del servicio. Quizá allí, en esos gestos pequeños y constantes, esté la verdadera arquitectura de los vínculos que nos sostienen.


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